miércoles, 20 de marzo de 2013




¡ALTO AHI, SEÑOR LUGONES!
(Artículo de 1919)




     Pocas cosas he leído en estos últimos días tan... desdichadas como el artículo de Lugones "Ante las Hordas", que reproduce este periódico en la sección de "Trabajos Notables".
     Leopoldo Lugones es otra de nuestras grandes, apabullantes reputaciones. Sería, por consiguiente, un crimen el permitirle sin protesta que, usando del grandísimo prestigio de su nombre literario, influya en nuestra juventud intelectual con cosas tan desatinadas y falaces como las que nos endilga en este artículo.
     Empieza nuestro aclamado poeta con una disertación histórica bastante larga encaminada a probar... que nos amenaza --a los europeos y americanos-- un grande y terrible peligro. ¿Cuál? ¡El peligro amarillo!
     Según Lugones, estamos los pobrecitos pueblos de este lado occidental del mapa a un paso de ser invadidos y tragados por una ola amarilla que saldrá de la China y no se detendrá hasta haber arrasado los tesoros todos de nuestra "grandiosa" civilización occidental.
     Parece broma, ¿eh? Pues no, no lo es, lo dice muy en serio, muy enfática y catedráticamente.
     ¡Ah, mi señor Lugones! Me va usted a perdonar la irreverencia, pero ¿cómo reprimir una sonrisita, un si es no es compasiva, ante sus candorosas alarmas amarillas? ¿Cómo permanecer serio ante el caso pasmoso de parto de los montes que representa una mentalidad tan encumbrada, como dicen que es la suya, alumbrando tan aparatosamente las mismas majaderías que ya encontraron albergue en el mediocre espíritu agresivamente megalómano del ex-Kaiser alemán? Usted, tan alto en la atalaya del pensamiento, dándonos del mundo de ahora y de los problemas de ese mundo la misma pedestre interpretación que nos solían dar hace ya algunos años los militarotes fantaseadores, a quienes les convenía tener siempre escondido en el hueco de la manga un peligrito militar cualquiera --verde, amarillo o colorado-- para hacerse pasar por indispensables.
     No hay tal peligro amarillo, hombre de Dios, ni lo hubo nunca. Si lo hubiera, lo tendríamos muy merecido, porque Dios sabe si podríamos pagar, no ya con nuestra piojosa, tuberculosa, infanticida y sanguinaria civilización, sino ni siquiera con nuestras vidas y las de nuestros hijos, la vieja cuenta de robos, desprecios y atropellos de todo género que nos podrían presentar los chinos, y en general los pueblos orientales, el día de una liquidación final. Y esto de que no hay tal peligro, no se lo digo yo por oponer profecía contra profecía, porque en este caso usted tendría cien veces más autoridad oracular que yo, ya que usted se llama Lugones y yo apenas me llamo Nemesio, sino porque estoy cierto de que a cualquiera que piense un segundo le costará muy poco reducir su vaticinio a la categoría de un chiste, con sólo acordarse de que, precisamente por pacíficos, por curados del salvajismo militar que usted defiende indirectamente, los chinos no sólo dejaron hace siglos de ser un peligro de agresión armada contra nadie, sino que hemos sido y seguimos siendo nosotros los occidentales, con nuestra insaciable voracidad imperialista, con nuestro raterismo internacional a base de armamentos y organizaciones formidables, los que pusimos y ponemos en peligro la civilización y la vida de los chinos.
     ¿Desde qué observatorio mira usted, hombre de Dios, que no ve que para que haya leñador que ponga en peligro la vida del bosque tiene que haber antes no sólo el hacha, sino también el hombre que sepa amolarla y manejarla, por haber hecho de su manejo un oficio? ¿Cuándo ha habido olas de hombres invadiendo territorios extranjeros sin que antes de la ola haya habido una organización y un espíritu de conquista guerrera? ¿Y dónde, en qué punto del mundo descubre usted hoy ese espíritu y esa organización de bayoneta calada, como no sea entre nosotros los pueblos occidentales y en nuestro aventajado discípulo, aliado y cómplice el Japón?
     Si la China no nos envió la ola amarilla de marras cuando era un imperio, una monarquía absoluta, ¿cómo concibe usted que ahora que es república y que llega demasiado tarde al período de expansión capitalista, y que, además, se haya presa en las fauces del lobo del imperialismo militarista extranjero (europeo, americano, japonés), va a hallarse más dispuesta para esa colosal inundación guerrera que a usted le asusta?
     Y aun dando de barato que un pueblo inveteradamente pacífico como el chino se hiciera guerrero de la noche a la mañana, ¿dónde diablos supone usted que iban a encontrar los chinos los millones de millones de pesos que serían necesarios para movilizar y mantener en marcha las enormes masas que supone una invasión armada de Europa? Concediendo que una organización militar tan gigantesca pudiera improvisarse ¿cómo improvisar los préstamos colosales, y las colosales flotas para transporte de material, cuando ahora mismo está la pobre China sudando la gota gorda para que le permitan las grandes potencias colocar un préstamo insignificante con qué hacer frente a sus más perentorias necesidades domésticas?
     No sabe usted, amigo, que, desde que salimos definitivamente de las guerras de conquista religiosas los hombres, ya no nos matamos al por mayor sino cuando salimos a la conquista de mercados, y que, por consiguiente, los pueblos que amenazan perpetuamente la paz del mundo no son sino aquellos en los que el industrialismo capitalista (que no puede ser sino guerrrero) ha adquirido su más alto desarrollo? ¿Y cuáles son los pueblos de expansión industrialistas, que es como decir imperialistas, esto, es, salteadores y matones de oficio, en el mundo de hoy? Seguramente que en la lista de estos "avanzados" pueblos aguijoneados de la sed guerrera del capitalismo, no figura la China ¡qué ha de figurar!, pero sí figuramos nosotros, los demócratas y desinteresados angelitos occidentales: no es ella, pues, la que nos está amenazando de muerte a nosotros, sino nosotros a ella. ¡Hombre, hombre, señor Lugones, ni que viviera usted en la luna se le podía perdonar tanta candidez! No, amigo, el peligro no está fuera sino dentro, no está en las olas chinas, sino en la ola negra de una tradición militarista en esencia que nos viene, no ciertamente de la China, sino de nuestros venerables abuelos, de aquellos nuestros ilustres antepasados que eran en el teatro pintorescos y declamadores caballeros de capa y espada, y en la vida real profesionales del asesinato, cuyo concepto del honor no se elevaba mucho por encima del que podría exteriorizar un toro si hablara. Ese fue y ha sido siempre nuestro único peligro, nuestro gran peligro de perdición.

El militarismo alemán

     Después habla usted del militarismo alemán... Dios le conserve por los siglos de los siglos, señor Lugones, todo el tesoro de inocencia virginal que es preciso tener para seguir acariciando la ilusión de que hay dos clases de militarismo, uno malo, muy malo --el alemán-- y otro bueno, muy bueno, el aliado --francés, inglés, japonés, rumano, polaco, etc.--. ¿No ve usted, alma de Dios, que murió la pepita pero no la gallina. La pepita, la tumefacción militarista alemana, pasó ya, a Dios gracias. Pero está en pie, vivita y coleando, la gallina del militarismo, ya que nadie niega hoy que el sistema de organización y armamento y el culto del militar continúan, y mientras haya gallina tendremos pepita, que si ayer fue alemana, mañana será inglesa, francesa, americana o japonesa. El militarismo aliado --menos musculoso pero más nervioso, más ágil que el alemán-- se batió con éste y se lo tragó y ahora está más gordo, más potente. ¿Cree usted, señor Lugones, que el peligro de ahora está en el monstruo tragado o en el monstruo tragador?
     
El socialismo como invento alemán

     Pero no tiene desperdicio el artículo; salimos de un asombro y caemos en otro mayor. Ahora ya no es lo del peligro amarillo, ni el otro peligro del militarismo alemán. Ahora la emprende contra el socialismo, empezando por acusarle de ser un invento alemán. ¡Un invento alemán el socialismo! ¿Y Fourier? ¿Y Babeuf? ¿Y Proudhon? ¿Y Owen? ¿Y Beller? ¿Y tantísimos otros que cualquiera podría citar en un santiamén con sólo acudir a la primera enciclopedia buena o mala que haya a la mano? El castigo que merece el señor Lugones por esta fea vulgaridad de hacerle ascos a una idea por el mero hecho de concebirla rotulada con la marca de fábrica de un país determinado, es que yo fuera un erudito a la violeta, de los mucho que padece América, y que le dejara caer encima toda la catarata de nombres y fechas de los que abundan en los diccionarios, en demostración de que lo que él llama invento socialista tiene, en todo caso, más de francés que de alemán y más de inglés que de francés. Sólo que la explosión erudita no tendrá lugar en este caso, porque no hace maldita la falta, toda vez que, concediendo que el socialismo fuera un invento alemán, ¿tiene algo que ver su doctrina, buena o mala, con el viejo embeleco de las fronteras nacionales? ¿Lleva el señor Lugones su estrecho sectarismo nacionalista hasta el ridículo extremo de concebir las ideas pintarrajeadas con los estridentes colorines nacionales? ¡Cómo! ¿Habrá que enseñarle a este hombre, a esta cumbre, que las ideas no son ni de aquí ni de allá, sino de todas partes?

Culpables e inocentes

     Pero lo del invento alemán no es más que el preámbulo para la andanada que suelta en seguida, cuando dice aquello de que:

     "... la bastarda república (Alemania) autoriza su última resistencia al Tratado de Paz con el proceso de aquel déspota (el Káiser), cuando debía facilitarlo más bien, o emprenderlo por cuenta propia."
          
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     "Así como los cristianos del siglo V invocaban a Atila contra su propio país, el socialismo reniega ya de la victoria conseguida contra la autocracia germánica y prefiere que para dejar impune a la farisaica república, las naciones que éste invadiera queden devastadas sin reparación, los antiguos salteos de Polonia y de Italia reconocidos, el crimen igualado con la inocencia. El embrutecimiento sectario nos retrograda así al tiempo de las hordas."

     ¿Lo véis? El gran Lugones no les perdona a los socialistas que no quieran el proceso y castigo del Káiser, ni la dureza terrible de los términos del Tratado. El gran Lugones es partidario, con los "jingoístas" y cretinos de todas partes, de que el drama de la guerra acabe, como acaban los melodramas del cine, con el plebeyo y soez espectáculo del pateo feroz de los "malos" por los "buenos". Para el gran Lugones, los grandes pensadores de todas partes que, como Anatole France, Romain Rolland, Barbusse, Wells y Bernard Shaw, para no citar sino a los más eminentes, han protestado indignados de la crueldad del Tratado y de la sed insana de castigos y desquites, no son más que unos necios "cuyo embrutecimiento sectario nos retrograda así al tiempo de las hordas."
     La verdad: yo no esperé nunca grandes cosas de nuestra retrasada ideología hispanoamericana, pero no soñé nunca que una de nuestras mentalidades más encopetadas tuviese de las cosas tal concepto troglodítico. ¡Cómo! ¿En esto también habrá que enseñarle a nuestro hombre que los espíritus más altos de la humanidad no quieren procedimientos de venganza, no por amor al vencido, sino para evitarle al vencedor que afee y emporque su triunfo, echándose como un gorila cualquiera sobre el cuerpo del enemigo caído "para comerle los hígados"? Estos ilustres hombres que he citado, y muchos más, esperaban que el vencedor solemnizase su victoria con el único espectáculo digno de los que decían haber ido a la guerra con fines tan elevados: con la hermosa lección humana que hubiera sido el levantar al vencido del polvo de la derrota, no para subirle a un cadalso y escupirle al rostro, sino para decirle: hermano, mi castigo ahora que he triunfado es el de obligarte a aceptar mi perdón, invitándote a inaugurar un nuevo orden y a trabajar juntos para reparar los daños causados y devolverle a la humanidad la paz, la luz y el bienestar perdidos.
     Pero ¿no es verdad que parece cosa de pesadilla que haya todavía en almas como la de Lugones tal sedimento bárbaro del ancestral apego a la violencia cuajado en la odiosa máxima de "ojo por ojo, diente por diente"? ¿Y no es este mismo Lugones el que en párrafo anterior nos habló de que había que inaugurar una nueva civilización sobre la tierra, "fundándola --para emplear sus propias palabras-- "en los derechos del hombre, quien así, por ser hombre, resulta nuestro conciudadano," afirmando también que ya "empezamos a reconstruir el mundo fraternal"? ¿Cómo caben en la misma pluma y en la misma cabeza criterios tan reñidos como el de estas frases y el que inspira su furor contra los socialistas y no socialistas que para honra del género humano se han levantado a pedir que se rectifique a los vencedores de otras épocas mediante la sustitución de la violencia destructora por la clemencia creadora y reparadora?

Colectivismo y monarquismo     

     Pero donde llegamos al colmo es cuando dice aquello de que:

     "el socialismo congenia más con la monarquía que con la democracia, al ser ambos formas del colectivismo despótico. La dictadura proletaria es la sustitución de la dictadura nobilaria bajo una misma tiranía permanente: ideal de esclavos, que, como es natural,debía nacer en una autocracia militarista. Pues el socialismo, no hay que olvidarlo, es un invento alemán."

     Quiere decir que, en opinión del señor Lugones, socialismo y monarquía son la misma cosa, porque ambas son "formas del colectivismo despótico." ¡Qué atrocidad! Colectivismo la monarquía... ¿De dónde saca estas cosas tan chuscas el señor Lugones? Si la monarquía, que en su esencia es la voluntad de uno --del rey-- imperando sobre la de todos, le parece colectivista, ¿qué forma de gobierno le parecerá bastante unipersonal para no merecerle el despectivo nombre de colectivismo? Si los alemanes eran malos, porque sufrían la férula de un solo hombre --el Káiser-- y ahora, porque han reemplazado la férula del Káiser por la férula del pueblo, bajo el régimen nuevo (tímidamente socialista), siguen siendo malos, y aun peores, en concepto de Lugones, ¿qué forma de gobierno podrían adoptar que fuera del gusto de éste?
     ¡Qué terrible ensaladilla la que forma nuestro insigne esteta argentino barajando sin ton ni son los conceptos más contradictorios! Por un lado nos habla mal del colectivismo socialista, y por otro lado nos habla peor del monarquismo que es su antítesis. Por un lado nos dice que "el hombre sólo por ser hombre es conciudadano de todos los demás hombres" y por otro lado llama traidores a los socialistas, precisamente porque, en obediencia a esas mismas ideas, tratan de echar abajo los muros y los trapos de colores que separan a un pueblo de otro. Por un lado nos dice que empezamos a reconstruir "un mundo fraternal," y por otro colma de denuestos a los mismos socialistas (palo si bogas y palo si no bogas), precisamente porque éstos han abogado porque no se trate a los enemigos de ayer y vencidos de hoy, no como a enemigos vencidos, sino como a hermanos, único modo de acabar con los procedimientos de violencia del mundo viejo que nos llevó a la guerra y echar las bases del "mundo fraternal" que dice querer el señor Lugones. ¿En qué quedamos, amigo Lugones? ¿Quiere usted que haya hermanos? Pues trate a las gentes con bondad, no sólo al amigo sino al enemigo. ¿No se siente usted capaz de procedimientos de bondad? Pues no hable de fraternidades, porque al abogar por las dos cosas al mismo tiempo --en una mano el nudoso garrote del gorila y en la otra el ramito de oliva-- es, por lo menos, dar lugar a que se diga de usted que habla por hablar, por oírse, como los papagayos.

Suma y sigue

     Pero... ¿creían ustedes que paraban ahí las contradicciones? Pues no, señor; no paran. Todavía quedan dos contradicciones más --si es que no se me han escapado otras, ¡son tantas!-- cuyo único comentario adecuado debería ser música, musiquita de género chico.
     Por un lado, nuestro gran Lugones condena "el aislamiento medioeval que del feudo salteador engendra a la nación bandida... etc.", y hace, o parece que hace, la apología del espíritu internacionalista y universalista, en oposición al nacionalismo y al patrioterismo, y por otro lado, ... ¡pum! Ved con lo que se nos descuelga:

     "Así hemos quedado mal ante la opinión pública de los Estados Unidos, Italia y Francia, o sea, en estos dos últimos casos, los únicos grandes países que saldrán incólumes del próximo desbarajuste europeo, al ser también los únicos entre aquellos donde nadie quiere ser otra cosa que italiano y francés."

     ¿Se enteran ustedes? Francés, o italiano, o argentino, siempre y por encima de todo, es su receta para ser grandes. ¿Cómo se compagina esta profesión de fe nacionalista, de carácter tan exclusivo y rabioso, con lo anterior? ¿No es éste el medioevalismo bárbaro que condenaba unas líneas antes? ¡Bendito sea Dios! ¡Y pensar que es un Lugones, todo un hombre-cumbre de los nuestros, quien desbarra de tan lamentable manera!

La dictadura proletaria

     Y ahora llegamos al clímax, a la más despatarrante de las contradicciones. Oid. Habla otra vez la cumbre:

     "La dictadura proletaria es la sustitución de la dictadura nobilaria bajo una misma tiranía permanente: ideal de esclavos que, como es natural, debía nacer en una autocracia militarista."

     ¡Quiérese una condenación más airada y terminante de todo sistema colectivista que esto que acabamos de transcribir? Pues bien; de la pluma mismísima que formuló ese anatema, salió esto otro que vais a oír:

     "Al propio tiempo habrá que resolver con intrepidez los grandes problemas de justicia humana, cuyo fundamento material consiste en la posesión de la tierra por el hombre: que el hombre, como "rey de la creación", no resulte, por siniestra paradoja, esclavo del hombre, sino dueño como cualquiera o como todos, y en consecuencia trabajador y usufructuario del bien común de la tierra. Países como éstos, donde hay más tierra que hombres, son los que pueden hacerlo sin violencia, realizando la perfección de la patria. Pues sólo resultará perfecta aquella patria de la cual sean efectivamente dueños todos los ciudadanos."

     Otra vez se nos abre desmesuradamente la boca en el paroxismo del asombro y nos preguntamos si este Leopoldo Lugones que nos suscribe estas atrocidades es el mismo Leopoldo Lugones de quien tantas alabanzas le oímos a la fama. ¿Será posible que este señor no advierta que eso que él dice de hacer que el hombre deje de ser "esclavo del otro hombre" para convertirse "en dueño como cualquiera y como todos, y en consecuencia trabajador y usufructuario del bien común," es precisamente lo que constituye la base del programa socialista y lo que, combatido fieramente por los imperialistas, ha implantado en Rusia el maximalismo?
     Amigo, si no habló usted por hablar, por hacer frases, como solemos hablar todavía los oradores y literatos hispano-parlantes, dígnese usted decirme cómo sería posible sin colectivismo resolver el problema fundamental de justicia humana de que usted nos habla, en el sentido de acabar con la esclavitud. Una de dos, amigo, una de dos: o está bien el hombre como está, y entonces no hay tal "problema de justicia humana" ni tal "siniestra paradoja," como dice usted, en que "el hombre, rey de la creación, resulta esclavo del hombre," o es verdad lo del problema fundamental y lo de la esclavitud del hombre rey. Si lo primero, si está bien todo tal como está, no hay más remedio que declararle a usted culpable de hablar sin pensar, por dar gusto a la lengua o a la pluma; pero si lo segundo, esto es, si hay injusticia social que reparar, si hay esclavitud económica que destruir, otra vez una de dos: o está usted contra el colectivismo en cualquiera de sus formas, o está usted con el colectivismo. Si lo segundo, si está usted con el colectivismo, toda esa pirotecnia retórica que usted se gasta contra lo que usted llama "el gobierno de las plebes enceguecidas," carece de sentido; y si lo primero, si es usted anticolectivista, ¿cómo se explica que usted quiera y no quiera al mismo tiempo, las mismas cosas? ¿No quedamos en que el hombre debe ser al mismo tiempo trabajador y usufructuario de los bienes de la tierra? Pues ¿cómo puede usted querer esto y al mismo tiempo no querer el sistema socialista o colectivista, que es el único camino que lleva a ese fin? Si quiere usted el efecto ¿cómo puede usted dejar de querer la causa? ¿Cómo puede usted aspirar a la emancipación económica del hombre de hoy, si al mismo tiempo le hace tales ascos a eso que usted llama la dictadura del proletariado? ¿Cómo? ¿Le asustan a usted los nombres, las palabras, como a un burgués cualquiera, sin pararse a considerar lo que hay detrás de las palabras? Vamos a ver; ¿qué hay detrás de esas palabras que a usted le horripilan?
     Por muchas vueltas que le demos, no hay sino una cosa sencillísima, que es raro que antes no se le hubiera ocurrido al mismo Pero Grullo. ¿Qué es, amigo mío, lo que se quiere decir en realidad cuando se dice "dictadura del trabajador"? ¿Una nueva y más espantosa forma de tiranizarnos los unos a los otros? No. Al contrario, la negación de toda posibilidad de tiranizarnos los unos a los otros. ¿Por qué? Muy sencillo, porque... ¿es o no cierto que en una sociedad bien constituida nadie debe vivir a expensas de los demás, consumiendo sin producir, a excepción de los incapacitados por la edad o invalidez corporal? ¿Es o no cierto que la única ley que debe pesar igualmente sobre todos, para que no oprima o aplaste a los unos en beneficio de los otros, como sucede hoy, debe ser la del trabajo? ¿Es o no cierto que en una sociedad bien constituida, a base de justicia, todos los no incapacitados hemos de poseer la condición de trabajadores? 
     Pues si hemos de ser trabajadores, decir dictadura de los trabajadores vale como decir dictadura de todos por todos. ¿Y qué es, a qué se reduce, en realidad, una dictadura de todos por todos? ¿Decir esto no es lo mismo que decir dictadura de nadie por nadie?
     ¿Ve usted, señor Lugones, cómo la dichosa dictadura esa sólo puede espantar realmente a los que sienten horror ante la mera posibilidad de que un día sus ilustres personas tengan que doblarle el lomo al trabajo, pasando del estado deshonroso y corruptor de parásitos al estado honroso y regenerador de productores en bien de la comunidad?
     Pero es que usted, como muchos liberales a la antigua, se ha quedado rezagado, hipnotizado aún por el aparato e infantil individualismo de Spencer y comparsa, arrinconado definitivamente desde que caímos en la cuenta de que la mejor defensa con que cuenta el sistema plutocrático de hoy, es, precisamente, el necio "laissez faire" individualista que dejó a los más a merced de los menos. El trasnochado ensueño individualista de la soberanía suprema de cada hombre estaría bien para andar a gatas por los montes, pero no para vivir en sociedad. El mundo de hoy no quiere ni naciones supremas, ni hombres supremos. Si ha de haber sociedad, ésta tiene que asegurar la producción, base indispensable de su existencia, y para asegurar la producción, tiene que establecer la contribución individual y forzosa del trabajo, y por consiguiente, deberá poseer autoridad suficiente para exigirnos a todos esa contribución. He ahí el colectivismo, en reemplazo del cual sólo tendríamos la falacia del individualismo que, tonta o hipócritamente, aspira a hacer del hombre lo que ha hecho de las naciones: entidades soberanas, sin ley ni cortapisa que las regulen y armonicen, dando lugar inevitablemente también, como hemos visto, al sistema del robo y del asesinato, y de éste al garrote y al grillete del tirano. No hay términos medios: o individualistas con todas sus consecuencias, incluso al canibalismo si es preciso, o el colectivismo con su consecuencia lógica del reconocimiento, por el individuo, de la superioridad de los fines sociales sobre los fines individuales.
     Siento terminar. Siento terminar, porque quedan en el tintero cosas muy graciosas todavía (¡es inagotable este señor Lugones!) queda, por ejemplo, aquello de que el ideal de la tierra para todos:

     "no es un ideal de comunista, sino una declaración legal formulada, hace más de dos mil años, por Tiberio Graco, caballero de Roma."

     ¿Puede haber chiste de almanaque más delicioso? ¿A quién no hace cosquillas el asegurar con tal prosopopeya que lo de la tierra para todos no es un ideal comunista, sólo porque a un señor Tiberio Graco se le ocurrió hacerlo ley hace dos mil años? ¿Y quién no se muere de risa ante el aplomo con que defiende y aplaude en el señor Tiberio lo mismo que condena y odia en los maximalistas?
     ¿Y qué decir de aquello de que la organización política y territorial de la China es, prácticamente, "un socialismo milenario"? Socialismo del imperio chino, socialismo del imperio romano, bajo Tiberio Graco: socialismos con castas privilegiadas, con nobles y plebeyos, con ricos y pobres, con señores y esclavos, con látigo, Cristo con pistolas: ¡vaya un concepto del socialismo que tiene el gran Lugones! Pero, además, ¿no habíamos quedado en que el socialismo lo habían inventado los alemanes? ¡Ay, señor Lugones, ¡qué cosas tan saladas, de música de tango o de fandango, las que se trae usted!...




VOCABULARIO




  1.Lugones= Leopoldo Lugones (1874-1938)= Poeta, ensayista, periodista y político argentino.

  2.Apabullantes= Que intimidan por su superioridad.

  3.Falaces= Se dice de los engaños o mentiras con que se intenta dañar a alguien.

  4.Endilga= Que endosa algo desagradable o impertinente.

  5.Candorosas= Con ingenuidad, falta de malicia.

  6.Parto de los montes= Cosa ridícula que sobreviene cuando se esperaba una grande o de consideración.

  7.Alumbrando= En el sentido de "dar a luz" (parir).

  8.Majaderías= Dichos necios o imprudentes.

  9.Megalómano= Que padece delirios de grandeza.

10.De marras= Que es conocida sobradamente.

11.Inveteradamente= Muy antiguo, arraigado.

12. Perentorias= Urgentes, apremiantes.

13.Aguijoneados= Incitados, estimulados para que se haga algo.

14.Hacerle ascos= Fingir desprecio hacia alguna cosa.

15.Erudito a la violeta= Persona que sólo tiene un conocimiento superficial de las artes y las ciencias.

16.Pintarrajeadas= Mucho y mal pintadas.

17.Jingoístas= Se dice de los que profesan el patrioterismo exaltado y que propugnan la agresión contra otras naciones.

18.Troglidítico= Se dice de las cosas bárbaras y crueles.

19. Ensaladilla= Conjunto de diversas cosas de poca importancia.

20.Esteta= Persona que considera el arte como un valor esencial.

21.Denuestos= Insultos graves de palabra o por escrito.

22.Paroxismo= Se usa para indicar una exaltación extrema de los afectos y pasiones.

23.Maximalismo= Se dice de la actitud de los partidarios de las soluciones extremadas en el logro de cualquier aspiración.

24.Pero Grullo= Personaje folclórico cuyas expresiones (perogrulladas) son tan evidentes o tan sabidas que resultan triviales.

25.Sistema plutocrático= Predominio de los ricos en el gobierno de un país.

26.Laissez faire= La frase es una expresión francesa que significa «dejad hacer, dejad pasar», refiriéndose a una completa libertad en la economía: libre mercado, libre manufactura, bajos o nulos impuestos, libre mercado laboral, y mínima intervención de los gobiernos.

27.Cortapisa= Restricción, obstáculo, dificultad.

28.Prosopopeya= Con sentido de grandeza, gravedad, importancia.

29.Cristo con pistolas= Refrán que para expresar una contradicción interna se usa así: "le sienta como a un Cristo dos pistolas".

30.Saladas= Graciosas, chistosas, agudas.





domingo, 17 de marzo de 2013

LA ESTUPIDA SUPERSTICION DE LA OPERA




LA ESTUPIDA SUPERSTICION DE LA OPERA
(Artículo de 1920)




     ¡Que viene Caruso! --me han dicho por ahí hace poco, con el mismo aire de notición que si me hubieran anunciado que se caía la luna. Yo, claro está, respondí que me tenía sin cuidado que vinieran hasta dos docenas de Carusos. Pero, pensándolo bien, veo que dije mal; pues lejos de tenerme sin cuidado, la verdad es que me preocupa y me irrita de un modo atroz la aproximación a estas playas del famoso monstruo de la ópera.
     Es más; creo que si por alguna cosa corro peligro de ir a la cárcel, es por decir, o hacer, alguna barbaridad a impulsos de la cólera inmensa que me produce el triste, el abominable espectáculo, tantas veces repetido, del sinnúmero de gentes que corren, babeándose, a llenarle los insondables bolsillos al "fenómeno".
     ¿No es una atrocidad que en una época de carestía universal en que cuesta tanto trabajo, no ya el sostenerse en un plano de vida decente, o siquiera pasable, sino el mero subsistir, el arañar lo necesario para el vil comistrajo diario, le paguemos cada noche a este hombre, tan sólo por abrir la boca, tres o cuatro mil dólares? ¿En qué mundo vivimos y qué clase de animales somos que no nos damos cuenta de la infamia que cometemos cada vez que, atravesando por entre tantos desventurados niños, mujeres y ancianos que carecen de todo, vamos a vaciar nuestros bolsillos en las arcas multimillonarias de un señor ventrudo, perfectamente vulgar, que trafica en berridos? ¿Hasta cuándo, Dios mío, vamos a seguir esclavos de la odiosa y bárbara superstición de la ópera?
     Superstición he dicho, y no me arrepiento. Aparte del gran número de simplones que van a la ópera, no porque les guste, sino porque creen que deben aparentar que les gusta, y aparte también de los que concurren al espectáculo por lo que tiene de caro y de ostentoso, es lo cierto que no se concibe cómo puede haber ni siquiera un corto número de aficionados verdaderos a este arte pedestre, cuando pocas cosas quedan por el mundo con disfraz de artísticas que sean tan pesadas, tan grotescas, tan tediosas, tan insoportables y caras como la condenada ópera.
     ¡Que si no me gusta la música! Vaya que si me gusta; cuando es buena, cuando es jugosa, cuando dice algo. Y me gusta también el drama, el buen drama, el jugoso, el que dice algo. Pero ambas cosas, drama y música, nos las dan revueltas en la ópera. Y de ahí viene el que las gentes no se expliquen que uno guste de la música y del drama y no guste también de la ópera. Sin embargo, nada hay, a mi juicio, más claro y más lógico. ¿Qué es la ópera sino una mescolanza burda de un drama tonto, de un melodrama absurdo de amor o de sangre (de un necio y empalagoso amor amerengado, o de un sangriento episodio criminal de folletín), y una música hueca, efectista, chillona, amanerada y ñoña?
     Es verdad que de vez en cuando se tropieza uno aquí y allá en las óperas populares con alguno que otro trocito musical sincero e intenso, pero nadie podrá negar que esto no es la regla y que si se despoja a la ópera de lo que tiene de hojarasca, de mero lugar común musical, de recitado monótono y enfadoso, o melodía barata, artificiosa y gimoteante de organillo, nos quedamos a la luna de Valencia.
     De modo que, aun dando de barato que todas las óperas tuvieran un momento musical que valiese la pena --que no lo tienen-- ese momento está tan soterrado y escondido en un mar de bazofia, y cuesta tanto en tiempo y en dinero, que es necesario estar loco para no salir huyendo al mero anuncio de que nos van a someter al suplicio de toda una noche de ópera.
     Cuanto al tenor y a la tiple, que es lo que enloquece a las gentes, peor que peor. Un tenor, cuando es bueno --y ya se sabe que la mayoría son ahorcables y que sus estridencias lejos de agradarnos debieran espantarnos si tuviéramos nervios-- cuando es bueno, repito, no es ni más ni menos que un instrumento, algo así como un clarinete o cornetín, y es sabido que nadie se mata por escuchar un solo de ninguno de estos instrumentos. Si se los oye a los tales tenores o a las tales tiples con los aspavientos admirativos que vemos, no es ni puede ser por el mero prestigio de la voz, porque entonces un oboe o un clarinete --instrumentos de canto más puro que la garganta del mejor tenor-- provocarían los mismos aspavientos y, sin embargo, tales instrumentos por sí mismos no sacan a nadie de quicio. ¿Quién pagaría diez o doce dólares, ni siquiera cinco, por sentarse a oír tres o cuatro horas seguidas un clarinete, cornetín, oboe, o cosa por el estilo? Y sin embargo, todo el mundo se arruina por oír al gran tenor tal o cual.
     Y es que lo que se va a buscar no es la pura emoción de arte, sino el goce novelero e infantil de oír a un gran hombre que gana una barbaridad, y que la gana simplemente porque tiene una garganta anormal, como podría tener anormales los brazos o las piernas, y porque la humanidad no se ha curado aún de su afán primitivo de contemplar "fenómenos". Si el hombre tuviera ya instintos musicales refinados, iríamos al circo, no al teatro, a toparnos con el tenor, quien se nos presentaría entonces, no como el gran artista que hoy ven muchos en él, sino como a una simple curiosidad zoológica de la misma clase que la de los gigantes y enanos de la feria, la mujer gorda, el becerro de cinco patas y demás casos teratológicos.
     Y con la tiple sucede igual. ¿Qué tiple ligera puede competir, en pastosidad, color y flexibilidad de voz, con la flauta o el violín? Pero como las flautas y los violines abundan y son baratos y las tiples escasean y son caras, nadie hace caso de las flautas o violines y, en cambio, todo el mundo corre jadeante, y con las tripas --doce, catorce o más dólares-- en la mano, a babeársele de gusto a la señora tiple.
     ¡Ah, los gorgoritos! ¡Ah, la manía loca de los públicos por los dichosos gorgoritos! ¡Ah, lo caro, lo carísimo que cuesta, y lo feo, lo feísimos que son! Aspiran a remedo, a copia del gorjeo del canario y ruiseñor. Pero no logran sino una triste, infame caricatura de la voz de estos pájaros. Pero los canarios y ruiseñores abundan, y aunque sus gorgoritos "espontáneos" son a los gorgoritos "forzados" de la tiple lo que las flores de los campos son a las flores de artificio, los ruiseñores no tienen público, ni aun cantando, como cantan, de balde, en tanto que las tiples arramblan con las gentes y con el dinero de las gentes. Si éstas, si las gentes tuvieran en realidad la fina sensibilidad que fingen tener, el espectáculo ese de una señora tratando, con el tosco aparato de su garganta humana, de imitar y hasta de superar a un pájaro, a un organismo maravillosamente dispuesto para la función única de volar y de cantar, una de dos: o les indignaría como una profanación, o les parecería un alarde ridículo y digno de compasión. ¡Arte...! Si este remedo, por la tiple, del trinar del canario, es labor de arte, ¿por qué no habría de ser arte también el remedo del ladrido de un perro o del relincho de un caballo? Pero mientras estos remedos sólo inspiran risa, los remedos de la tiple entusiasman y arrebatan, cuando es lo cierto que es más grotesco y más violento y por consiguiente más risible, el esfuerzo enorme de una señora tiple (por lo general gorda) para volverse pájaro.
     Hay que convenir, pues, en que lo que atrae, lo que seduce en tiples y tenores es la curiosidad, el fenómeno acrobático, el gigante de feria, el enano, el becerro de cinco patas, la mujer gorda: todo menos la expresión pura de arte. Si así no fuera, ¿cómo se explicaría que un público como el  nuestro y como todos los de Hispano-América, que huye como alma que lleva el diablo de los conciertos, sea tan exaltadamente devoto de la ópera? Si ésta no fuera un acto social, caro y ostentoso, al extremo que no hay familia que no se sienta humillada de no ser vista en la gran solemnidad de a doce, catorce o más dólares por butaca, ¿tendría cultivadores? ¡Qué habría de tener! Sólo concurriría a ella el grupito exiguo de los verdaderos supersticiosos que aún quedan del acrobatismo laríngeo del tenor y la tiple.
     Y lo triste es que, mientras los tales tenores y tiples se pasean triunfantes de ciudad en ciudad ganando millones por abrir la boca sin haber realizado en toda su vida un solo esfuerzo verdaderamente artístico (no puede haber arte donde no hay aportación espiritual), los artistas genuinos, los que ponen sus nervios y su alma al servicio de su ardua labor, los que, pincel o pluma en mano, se afanan por afrendar a sus semejantes una revelación, un latido más del gran enigma universal y eterno, esos ni siquiera le arrancan a la multitud un aplauso ni un mendrugo, hasta que una minoría selecta, a fuerza de paciencia y de heroísmo los impone. Y aún después de impuestos, por cada vez que a ellos les entra una peseta, al tenor o a la tiple les entra un millón.
     --Pero, --se me dirá--¿y Wagner?, ¿piensa usted lo mismo de sus óperas?
     No, no pienso igual. ¡Wagner es cosa aparte! Pero su música, más que a destruir, viene a afirmar mi tesis. Porque en Wagner la voz humana no es lo principal, sino lo secundario, lo muy secundario. El tenor y la tiple cantan en sus óperas, pero como lo que son, como instrumentos, como simples componentes de la orquesta, que es el todo, porque es la que sostiene, desenvuelve y remata el poema musical, por donde siempre corre una máxima idea o intuición, y no el chorrito tenue de agua dulce de la ópera clásica que envilece y empobrece a nuestros públicos en el instante mismo en que muchos niños, ancianos y mujeres caen desfallecidos por falta de un bocado...




VOCABULARIO




  1.Caruso= Enrico Caruso (1873-1921)= Tenor italiano, el más famoso del mundo en la historia de la ópera.

  2.Comistrajo= Mezcla de poca calidad de alimentos.

  3.Bárbara= Grosera, burda, inculta.

  4.Superstición= Valoración excesiva respecto de algo.

  5.Pedestre= Vulgar, ordinario, chabacano.

  6.Jugosa= Interesante, valiosa, estimable.

  7.Mescolanza= Mezcla extraña y confusa, y algunas veces ridícula.

  8.Folletín= Novela de tono melodramático y argumento generalmente inverosímil.

  9.Efectista= Que busca ante todo causar gran impresión en el ánimo.

10.Ñoña= Sensiblera, blandengue, remilgada.

11.A la luna de Valencia= Se aplica a quienes, por estar despistados, no se enteran de lo que ocurre a su alrededor.

12.Dando de barato= Se usa para indicar que se concede algo  para no entorpecer el fin principal que se pretende.

13.Soterrado= Escondido de tal modo que no parezca.

14.Bazofia= Cosas de mala calidad, despreciables.

15.Tiple= Persona que tiene la más aguda de las voces humanas.

16.Aspavientos= Demostraciones exageradas de sentimientos.

17. Goce novelero= Deleite que produce el curiosear entre las cosas que acaban de aparecer.

18.Curiosidad zoológica= Animal que llama la atención por exhibir alguna característica anómala.

19.Teratológicos= Perteneciente o relativo a las anomalías de los animales o vegetales.

20.Pastosidad= Calidad de la voz sin resonancias metálicas y agradable al oído.

21.Gorgoritos= Quiebros que se hacen con la voz, especialmente al cantar.

22.Remedo= Imitación o copia de una cosa.

23.De balde= Gratis.

24.Arramblan= Que lo arrastran todo. Que desvalijan.

25.Exiguo= Mínimo, insignificante, escaso.

26.Wagner= Wilhelm Richard Wagner (1813-1883)= Compositor y director de orquesta alemán.





domingo, 3 de marzo de 2013

LA IDOLATRIA DE LOS DEPORTES




LA IDOLATRIA DE LOS DEPORTES
(Artículo de 1922 




     De una de las muy interesantes crónicas de Nueva York que aparecen en "La Democracia" con el sedónimo de "Jacinto Ortega", es el párrafo siguiente:
          
     "Yo me he dedicado a observar a los lectores de periódicos en un "subway" de seis carros durante uno de los días en que más acritud habian tomado los conflictos; y he sacado de mi observación la curiosísima e increíble estadística de que más de un sesenta por ciento de los hombres y mujeres que iban en aquel tren llevaban sus periódicos abiertos en la página dedicada a los "sports"... ¿Será posible? dicen ustedes. Desgraciadamente lo es. Ahí está la llaga. Esa es una de las razones por las cuales el pueblo americano contemporáneo es más fácil de engatusar que cualquier otro pueblo civilizado. El mundo se desploma a su alrededor y los buenos americanos no se dan cuenta porque están leyendo acerca del puñetazo que le dió Dempsey a Carpentier, o del "Home Run" que bateó Babe Ruth por encima de la empalizada del Polo Grounds. ¿Qué Alemania se arruina paralizando la lenta recuperación de Europa? ¿Ah, sí? ¡qué interesante! ¿Sabe usted que Miss Lenglen derrotó a Mrs. Mallory al tennis? ¿Qué la huelga ferroviaria va a paralizar las industrias del país? No me diga. Si los Giants y los Yankees ganan en sus ligas respectivas veremos otra lucha por el campeonato mundial de base ball en Nueva York. ¿Qué el carbón va a subir de precio? Miss Wainwright rompió el record nacional de natación..."

     Exactísima la observación. Pero lo triste es que lo mismo sucede en todo el resto del continente americano y, quizás, en todo el mundo civilizado, si bien en ninguna parte se acentúa tanto el fenómeno como entre los norteamericanos.
     Aquí en Puerto Rico, sin ir más lejos ¿hay nada que sacuda y suspenda el ánimo de las gentes tanto como un match de baseball o un encuentro entre dos afamados boxeadores? Pues lo mismo sucede en Lima y en Montevideo y en Buenos Aires. Es una borrachera de "sports" que hace del hombre moderno un ente muerto para todas las cosas del espíritu. Porque ¿qué puede esperarse de un ser humano que tiene todas sus potencias mentales embargadas por lo puramente físico y anecdótico del drama universal? ¿Cómo esperar que un autómata así, que no para la atención sino en el accidente trivial que colorea la superficie del mar de los acontecimientos, pueda reaccionar en una hora dada contra sus hábitos de acción y de pensamiento que perpetúan la injusticia y la deformidad del sistema social carnicero y embrutecedor bajo el cual vivimos y aspirar a derrocarlo o mejorarlo?
     A menudo me he detenido a contemplar el hervor de entusiasmo, casi de locura, que el hombre de hoy pone de manifiesto para estas cosas en que hacen papel de héroes los pies y los puños. Y me he preguntado hasta qué desmesuradas proporciones llegaría el esfuerzo colectivo en un momento dado en pro de esta o aquella causa grande y noble, si se lograse tan sólo desviar hacia objetivos más altos la mitad siquiera de la tremenda fuerza impulsiva que arrastra al hombre hacia los “grounds” de baseball y los “rings” de boxeo.
     ¿Y por qué esta loca y universal afición a los deportes? ¿No vale la pena preguntarse eso y ver de estudiar el fenómeno y combatirlo, ya que le roba a la humanidad más de un noventa por ciento de su fuerza para abrirse camino, por entre el error y la ignorancia, hacia planos más altos de vida social?
     Por lo que a mí toca, siempre he creído que esta idolatría del deporte viene de lejos, viene de la deificación de la forma y de la carne, de lo puramente corporal, que el seudo-paganismo del renacimiento implantó como concepto básico de toda la cultura moderna. Esto, que fue en su día una reacción saludable contra la grosera fobia de todo lo humano que trató de introducir el cristianismo, se convirtió a la larga en un mal, como sucede siempre con todo concepto que se estanca.
     “Mente sana en cuerpo sano” fué y es una dogma que desde la escuela se nos hace tragar. Todo el mundo comulga todavía con el tal dogma, producto cristalizado del estado aquel de conciencia, provocado por el renacimiento, que, en desquite de la sombría austeridad monacal del cristianismo, hacía del cultivo del cuerpo la preocupación cardinal del hombre. Y, sin embargo, lo de “mente sana en cuerpo sano”, que pudo ser bueno y cierto como reacción contra el anacoreta, no deja de ser hoy una vil paparrucha. No es del cuerpo sano de donde nace la mente sana, sino, precisamente, al revés: de la mente sana es que nace el cuerpo sano. ¿Puede ser sano el cuerpo de una humanidad cuyo espíritu está todavía en las tinieblas de la barbarie? Curémonos de ésta y todo lo demás se nos dará por añadidura.
     ¿Por qué hay cuerpos deformes y lisiados? Por efecto de las dolencias y degeneraciones que engendran a diario la guerra y la miseria. ¿Y éstas de qué proceden? Del estado social groseramente inculto que no ha sabido aún reemplazar la filosofía caníbal del individualismo y de la competencia por la sabia y noble filosofía del colectivismo y de la cooperación. Ya veis, pues, cómo sin el cultivo de la mente, de nada vale que se atienda el cuerpo.   
     ¿Qué puede hacer el hombre embaucado desde la escuela en las horribles supersticiones y supercherías que le sirven de base a nuestro sistema social, sino enamorarse perdidamente de las patas de un héroe de baseball o de los puños de un héroe del ring? Si en la escuela, en lugar de abrumarlo y aletargarlo de muerte con horrendos librotes, rellenos del detritus mental de nuestros antepasados, se le supiera sacudir y despertar la curiosidad hacia ese mundo vario y alucinante que muestra sus maravillosos secretos al que ha aprendido a seguir en los libros (no escolares, esto es, soporíferos y muertos, sino vivos, palpitantes, llenos de actualidad), y fuera de los libros, la marcha del espíritu humano a través de la selva oscura y misteriosa de la realidad ¿acaso habría nadie tan infeliz, tan aburrido, tan vacío de emotividad, que se resignase, por todo recreo o delectación, con el cencerro musical de una cupletista, o los triviales y monótonos incidentes de un deporte físico, cualquiera que sea, cuyo interés reside todo en los pies o en los puños?
     Mente sana en cuerpo sano... No, bárbaros; al revés, al revés es como hay que enseñárselo a nuestros hijos: cuerpo sano en mente sana. Si quiere ser usted un animal limpio y sano, límpiese y cuídese el cuerpo; pero si quiere ser usted un ser humano limpio y sano, empiece por lavarse y cultivarse la mente, el espíritu, del cual es su mísero cuerpo un simple, un insignificante accidente. Enséñele eso a su hijo, señor, y su hijo, en lugar de coger el periódico para buscar la crónica de baseball o de boxeo o de hipódromo y las anécdotas pasionales y policiales, buscará el suceso grande por cuyo interior discurra jugo de trascendencia de drama y de vitalidad.



VOCABULARIO



  1.Sacuda= Que conmueva, asombre o emocione.
  
  2.Suspenda= Que cause admiración, maravilla, asombro.

  3.Borrachera= Exageración en el modo de hacer algo.

  5.Potencias= Aquello que está en calidad de posible, en capacidad de llegar a ser.
  
  6.Embargadas= Impedidas, retenidas, paralizadas.
  
  7.Anecdótico= Incidental, episódico, ocasional, circunstancial.
  
  8.Autómata= Persona  que actúa maquinalmente; sin reflexión..
  
  9.Hervor= Entusiasmo, empeño, sumo interés.

10.Idolatría=  Amor excesivo y apasionado hacia algo.

11.Deificación= Ensalzamiento, entronización, glorificación.

12.Seudo-paganismo= Aplícase en general a aquellas actitudes fingidas en defensa de todo lo que no es cristiano.

13.Renacimiento= Época que comienza a mediados del siglo xv y se prolonga durante todo el XVI. En esta época asistimos a un descubrimiento del cuerpo, que deja de ser pecado para convertirse en objeto de goce y alegría.
 
14.Cristalizado= Que ha tomado forma clara y precisa.

15.Austeridad monacal= Refiérese a lo severo, rígido y penitente de los monasterios.

16.Anacoreta= Persona que vive en lugar solitario, entregada a la contemplación y a la penitencia.

17.Paparrucha= Que es falsa, insubstancial, desatinada.

18.Barbarie= Rusticidad, ignorancia, incultura.

19.Embaucado= Engañado aprovechándose de la inexperiencia o ingenuidad.

20.Supersticiones= Creencias falsas o extrañas a la razón.

21.Supercherías= Creencias falsas, engaños o fraudes.

22.Abrumarlo= Hastiarlo, aturdirlo, fastidiarlo.

23.Aletargarlo= Aturdirlo, atolondrarlo, confundirlo.

24.Detritus (Voz latina)= Detrito= Lo que resulta de la descomposición de una masa sólida en pártículas. Refiérese a la broza o desechos de alguna cosa.

25.Soporíferos= Que mueven o inclinan al sueño.

26.Delectación= Deleitación. Placer del ánimo.

27.Cencerro= Campanilla tosca que se ata al pescuezo de las reses. Sonido continuado y monótono.

28.Cupletista= Cancionista que canta cuplés (canción ligera o insubstancial).




martes, 19 de febrero de 2013

DIME QUE LEES Y TE DIRE QUIEN ERES



DIME QUE LEES Y TE DIRE QUIEN ERES
(Artículo de 1922)



     Pero...¿es verdad que este pueblo, o mejor, aquella exigua minoría de este pueblo representativa de su cultura, no tiene otra suerte de curiosidades y preocupaciones de orden intelectual que las que atañen al comadreo político de todos los días y al monótono anecdotario policial y social que componen los chismes de vecindad?
     Yo mismo, que a fuer de realista paso por un monstruo de pesimismo ante los ojos de más de un amigo romántico, me resistía a creerlo; pero son tantos ya los que me dicen: "No escriba usted sobre tal cosa, no trate usted tal asunto", basándose en que aquí las gentes no gustan de leer sino lo de pura actualidad local, que ya empiezo a dudar de si tendrá razón, de si será o no será verdad que para casi todos nuestros conciudadanos el mundo entero, o todo lo que interesa del mundo, está contenido en el cuadrito borroso y anodino de nuestra minúscula vida insular.
     Pase que la masa, la pobre masa humana usufructuaria de toda miseria, ignorancia y dolor, no alcance a penetrar, en su oscura visión de las cosas, más allá de sus urgencias económicas y de sus informes e infantiles aficiones: hipódromo, cine, base-ball, trompadas, el último robo o asesinato, lo que dijo o no dijo el político tal o cual. etcétera. Pero que la legión de los que, por encima de la masa, con mejores oportunidades que ella, representan el coeficiente más alto de nuestra mentalidad sea también tan carente de sensibilidad para lo exterior que no se asome jamás por encima de nuestras menudas luchas y de nuestros escasos y pedestres deportes y amenidades, para atisbar la actualidad viva, dramática, profundamente universal y humana, tal como va desenvolviéndose en el vasto escenario mundial, francamente, es cosa ésta que, ni aún siendo como soy un concienzudo convencido de la frivolidad criolla, me resigno a creer.
     Porque, ¿qué pensar entonces de nosotros? ¿qué pensar de unas gentes leídas y escribidas que limitan voluntariamente su horizonte mental a las minúsculas proporciones de nuestro peñón nativo? ¿qué fibras tan     bastas entraron en nuestra conformación fisiológica que nos permiten vivir en tal apartamiento de la vida que miremos con indiferencia a la interpretación del problema humano que nos da el artista, el sabio, el político, el agitador, el hombre, en fin, que en otros puntos del globo se mueve en tal o cual dirección, afronta tal o cual peligro, enuncia tal o cual principio, propaga ésta o aquella doctrina, realiza ésta o aquella acción noble o innoble, y forma con sus pensamientos o sus obras ese vario, alucinante espectáculo de la vida universal...? ¡Oh, el perenne zumbar del río tumultuoso e inmenso que nos viene de Londres, de París, de Berlín, de Moscú, de New York, de toda grande conglomeración de voces --imprecaciones, amonestaciones, ayes, cánticos...--, en que detona el ansia de expresión de toda esencia humana! ¿Cómo ser hombre de este siglo y sustraerse a la atracción irresistible de ese gigantesco torbellino en cuyas ondas, en todas y cada una de cuyas ondas, hay algo nuestro --una idea, un sentimiento, un anhelo, una predilección, un rencor, o un amor-- que a cada instante puede sobrenadar o hundirse para siempre?
     Dime con quién andas y te diré quién eres, dice el viejo refrán. Pero yo diría mejor, porque se roza con un aspecto más íntimo y revelador de nuestra personalidad: Dime qué lees, dime qué asuntos atraen tu curiosidad, dime las proporciones del escenario que monopoliza tu atención, y yo te diré sin vacilar quién eres. Yo te diré si vives o si no vives, si eres un ser real, un verdadero hombre de hoy, de este siglo, o si simplemente eres una sombra con engañosas apariencias de realidad.
     ¿Vives, eres verdaderamente un ser real? Pues entonces todo tú estarás absorto en la contemplación del gran drama del esfuerzo y de la cultura humana en que persigues anheloso como una proyección, como una vislumbre, como un relámpago de lo que hay en tí de íntimo y personal, que vale tanto como decir de eterno y universal. Si vives, tu curiosidad te arrastrará cada vez más lejos de la plaza de tu pueblo. Ahora resbalarás en trineo por las estepas polares con el último explorador, y en seguida te sentirás sorprendido en un frágil aeroplano sobre los Alpes o sobre los Andes, y luego asistirás a la apertura solemne de unas conferencias, para ir después al estreno de un drama, o a un salón de arte donde se exhibe la última maravilla, o a un concierto, o a la cátedra donde un sabio (¡Einstein!) expone su revolucionaria teoría de la relatividad, o a un parlamento, o una fábrica, o una cárcel, o un mitin, o cualquiera, en fin, de los innumerables aspectos que reviste la actualidad humana.
     Pero...tuerces el gesto ante la página del periódico que te trae la repercución última del latido de tu propio espíritu (que son términos equivalentes espíritu y universalidad), y te niegas a abrir los ojos para otra cosa que no sea la ramplona e inexpresiva película del suceso o chismecito local, y ya te nos has dado a conocer, ¡picarón! No eres más que una sombra, un muerto, porque careces de toda lumbre espiritual, que es la que nos ilumina y nos enciende con el fuego misterioso de la vida. "Pero es que ¿no lo ves? ando, como, duermo, me agito en tal o cual sentido, por consiguiente"... Por consiguiente, estás muerto, no has vivido nunca. Porque esa vida de que hablas es vida animal: comer, andar, dormir, hablar, rumiar... Y no es esa la vida, no es esa la polarización de la esencia humana en una figura individual. Podrás convencernos de tu realidad si nos aseguras que eres un caballo, o un cangrejo, o un buey. Pero persona, lo que se dice una persona sensible y pensante, eso... ni lo has sido ni lo serás nunca.




VOCABULARIO




  1.Exigua= Pequeña, escasa, reducida.

  2.Comadreo= Chismorreo.

  3.Anecdotario= Conjunto de sucesos irrelevantes o sin importancia.

  4.A fuer de= En razón de, en calidad de.

  5.Borroso= Confuso.

  6.Anodino= Insustancial, banal, insignificante.

  7.Insular= De una isla o relativo a ella.

  8.Usufructuaria= Dícese del que recibe el producto de cualquier cosa.

  9.Legión= Número indeterminado de personas.

10.Coefeciente= Factor o elemento sobresaliente de la inteligencia.

11.Pedestres= Vulgares, corrientes, incultos, ordinarios.

12.Frivolidad= Superficialidad, trivialidad, futilidad.

13.Leídas y escribidas= No es errata ni error. Es juego linguístico del autor para reforzar la expresión.

14.Bastas= Burdas, groseras, toscas, sin pulimento.

15.Se roza= Que tiene semejanza o conexión con otra.

16.Ramplona= Vulgar, chabacana, trivial.

               


jueves, 14 de febrero de 2013

ACERCA DEL AMOR







ACERCA DEL AMOR
 (Fragmento del artículo de 1917 Acerca del Amor)

     En nada de este mundo se ha disparatado más delirantemente que en lo tocante a la universal pasión que hizo de Romeo un memo y un asesino vulgar de Otelo.
     Yo creo que la intensidad de esta pasión está siempre en razón directa de nuestra animalidad e inversa de nuestra espiritualidad. A mayor predominio del elemento instinto, del elemento animal en nosotros, mayor amor. Para elevarse a la exaltación romántica de que se han nutrido tanto el verso y el teatro, no es necesario ser cumbre en ninguno de los atributos que dan realce a la personalidad humana: basta ser macho y vivir en un régimen social tan idiota como el presente que, después de embellecer y ensalzar y poner por las nubes, desde la escuela, al amor, lo encarcela y lo amarra y lo ahoga.
     En la mayoría de los casos, decir pasión exaltada y romántica es lo mismo que decir hambre, hambre de saciar, hambre de explayar un instinto, un poderoso instinto animal aherrojado.
     Mátese esta hambre, quítese esta secular hambre de enmedio, y el amor se acabará, y sólo quedará esa refinadísima y delicadísima flor de la espiritualidad humana que se llama amistad.





VOCABULARIO




  
  1.Disparatado= Que se ha dicho o hecho una cosa fuera de razón.

  2.Tocante= Referente a, respecto a.

  3.Memo= Tonto, simple, mentecato.

  4.Poner por las nubes= Colocar en un lugar muy prominente.

  5.Hambre= Deseo ardiente de una cosa.

  6.Saciar= Satisfacer en las cosas del ánimo.

  7.Explayar= Hacer que algo ocupe más lugar o tiempo.

  8.Aherrojado= Oprimido, subyugado, avasallado.

  9.Flor= Lo más escogido de una cosa.




lunes, 11 de febrero de 2013

LOS JUEGOS FLORALES




LOS JUEGOS FLORALES
(Artículo de 1922)



     Señores, por Dios santo, vamos a dejarnos ya de los juegos florales. Es horrible que no tengamos otro entretenimiento, otra forma de expresión de nuestra actividad mental, que esa de los infantiles concursos para saber si los versos de Juanito son o no mejores que los de Periquito. Hace ya más de dos o tres meses que nos estamos dando matraca los unos a los otros con el certamen tal o el certamen cual, y, si sigue este vértigo de las poesías premiadas, temo que cualquier día ocurra una desgracia, dado el encono que estas ridículas competencias jilgueriles van despertando entre los concursantes y sus partidarios.
     ¿Hasta cuándo viviremos ignorando, o pareciendo ignorar, que un premio de certamen, así sea adjudicado por los Siete Sabios de Grecia, no le añade ni le quita nada a ningún poeta? Los grandes, los verdaderos creadores de poesía, los Hugo y los Verlaine, los Whitman y los Lee, los Shellys y los Browning y los Dante y los Goethe, no fueron nunca consagrados en ningún certamen. Todo creador --y no merece el nombre de poeta quien no lo sea-- es un renovador, y todo renovador es un rebelde, uno que disiente de las normas consagradas, y no hay que decir la suerte que aguarda a todo rebelde ante todo tribunal jurídico o político o literario. ¿A qué, pues, este afán de consagración académica oficial, solemne que devora a nuestros portaliras puertorriqueños? ¿No es cosa de chicos, cosa indigna de quienes aspiran a ejercicio tan alto y tan serio de sus facultades, ese torneo vanidoso en que quiebran lanzas, no por esta o aquella causa o empresa de honda significación para nuestro bienestar, desarrollo o progreso, sino por el diploma o la medalla o la flor que nos declara, como a los niños, notables o sobresalientes por encima de los demás? El pavonearse en el Ateneo o en un teatro ostentando un premio de éstos, ¿no ofrece motivo al filisteo, al filisteo infeliz que sólo vive en su negocio y su barriga, para acentuar su desdén por nosotros, los cultivadores de las letras, ante un pugilato de vanidades pueriles que habla tan desfavorablemente de nuestra seriedad?
     --Pero entonces, si no hacemos versos y nos disputamos por ellos, ¿qué vamos a hacer, hombre de Dios, en este batatal donde sólo se oye hablar del alza y baja en la caña y del Gobernador? ¿qué vamos a hacer para no aburrirnos hasta la desesperación?-- me preguntarán.
     ¿Qué vamos a hacer? Hagamos versos, si ello es la forma de expresión que nos viene más fácil; hagamos versos y disputemos por ellos y llenémoslo todo del rumor y alboroto de nuestras recitaciones y debates --que al fin ello es pensamiento y el pensamiento es la más fuerte y noble palpitación de la vida-- pero matemos, por Dios, dentro de nosotros el gusanillo de la pueril vanidad que hace endémicos en Puerto Rico, más que en ningún otro punto de América, los pánfilos y estériles certámenes que sólo conducen a la grotesca exhibición de una medalla o un diploma.
     ¿Tenemos, a pesar de todo, vanidad y deseamos resonar e imponernos a la atención pública por el brillo de nuestras producciones? Pues busquemos la única consagración que vale la pena, la única digna de hombres de madurez mental: la del público. Que siempre es en definitiva el público el que por encima y a despecho de jurados y laudos y academias hace y deshace reputaciones y formula y rectifica juicios sobre nuestra producción.
     Poetas, trovadores, gentes de vibración que sentís en el alma un soplo, toque o resplandor de universalidad, de eternidad: declaremos la guerra a la muerte y, por consiguiente, a esos pocitos de agua estancada que, como los juegos florales, y todos los demás ejercicios de ingenio que no pasan de la categoría de juegos, sólo sirven a lo sumo para darnos el débil reflejo de actitudes y modos y normas de épocas pretéritas. Si es que tenéis sol en el espíritu, salid de los circulitos donde sólo están bien las lamparillas, y verted vuestra luz donde se necesita, en el bosque, en el sagrado bosque que llamamos pueblo, en cuyo seno oscuro y trágico hay tanta humanidad jadeante y extraviada que pide orientación.




VOCABULARIO




  1.Juegos florales= Concurso poético con premio de flores simbólicas para el poeta vencedor.

  2.Dando matraca= Insistencia molesta en un tema o actividad.

  3.Vértigo= Excesos en la actividad de una persona o colectividad.

  4.Siete Sabios de Grecia= Título dado por la tradición griega a siete antiguos sabios griegos de alrededor del 620-550 a. C. y que incluía tanto a filósofos como a estadistas o legisladores.

  5.Hugo= Víctor Marie Hugo (1802-1885), fue un poeta, dramaturgo y escritor romántico francés.

  6.Verlaine= Paul Marie Verlaine (1844-1896), fue un poeta francés perteneciente al movimiento simbolista.

  7.Whitman= Walt Whitman (1819-1892), fue un poeta, ensayista y periodista estadounidense.

  8.Lee=Nathaniel Lee (1653-1692), fue un poeta y dramaturgo inglés.

  9.Shelly= Percy Bisshe Shelly (1792-1822), fue un ensayista y poeta romántico inglés.

10.Browning= Robert Browning (1812-1889), fue un poeta y dramaturgo inglés.

11.Dante= Dante Alighieri (1265-1321), Fue un poeta italiano. Su obra maestra es La Divina Comedia.

12.Goethe= Johann Wolfgang Goethe (1749-1832), fue un poeta, dramaturgo y novelista alemán. Su obra maestra es el Fausto.

13.Quiebran lanzas= Que salen en defensa de algo.

14.Filisteo= Se aplica a la persona que es vulgar, tiene escasos conocimientos y carece de sensibilidad artística o literaria.

15.Vanidades pueriles= Dícese del envanecimiento, propio de niños, por cosas triviales y sin importancia.

16.Matar el gusanillo= Se usa para indicar que se anule el deseo de hacer algo.

17.Resonar= Mencionarse, oírse o popularizarse.




martes, 5 de febrero de 2013

NOTAS TEATRALES (3)



NOTAS TEATRALES (3)
(Artículo de 1922)



     En esta semana que arbitrariamente cierro hoy --31 de mayo-- no ha ocurrido nada en los teatros de la ciudad que merezca los honores de una reseña, ni siquiera una leve mención.
     Películas, películas, películas... Una todas las noches en cada uno de los mil y quinientos teatros y teatrillos de San Juan. Y todas, todas, repitiendo ¡ay Dios! el mismo insípido cliché. Juan el bueno, el inmaculado, el héroe --que para ser tal héroe ha de tener forzosamente la fuerza de un toro y dar unas bofetadas de a muerte-- y Pedro el malo, disputándose ambos una bonita muchacha que invariablemente resulta ser la hija de un millonario. No hay que decir que la disputa acaba siempre con el triunfo de Juan el bueno y la caída por un precipicio o la entrada en la cárcel, de Pedro el malo, quien, a pesar de lo astuto, marrullero y terrible que es, no gana una nunca.
     En la vida, el malo, el egoísta, el que arteramente y sin escrúpulo alguno vende y traiciona y embauca al espíritu santo para redondear una fortuna, acaba indefectiblemente por salirse con la suya, porque cualquiera que tenga ojos en la cara sabe que vivimos dentro de un sistema social que premia al pícaro y joroba al honrado, siempre, claro está, que el pícaro opere en grande, al por mayor, porque, si opera al por menor, va a la cárcel...
     Pero ¡ah! en el cine es otro cantar; en el cine no vale que el malo derroche su egoísmo y su astucia en toda suerte de hazañas depredatorias de esas que acá en el mundo llevan al millón. No, al malo no lo salva ni Murcia en ese mundo, babosamente cándido, de las películas.
     Pero lo raro es que siendo esto así, sabiéndose de antemano lo que ha de pasar, a saber, que el bueno se casará con la hija del millonario y al malo lo partirá un rayo, pueda existir el menor asomo de curiosidad en el ánimo de los espectadores. Pues no sólo existe esta curiosidad en un grado considerable, sino que cuando, por una extraordinaria curiosidad, se trae a la pantalla alguna trama con sentido común en que se rompe el abominable cliché del malo y el bueno y el "happy ending", las gentes salen del teatro cariacontecidas y renegando tanto como si les hubieran robado el dinero.
     Hay otro cliché, no menos mecánico y resobado. El de la mujer cuyo marido se consagra demasiado a sus ocupaciones --científicas, artísticas o mercantiles-- y a la cual el tedio conduce a los brazos de un amante, que casi siempre es un virtuoso del violín, y la conquista en un periquete con unas cuantas fiorituras. Poco después el violinista se cansa y la abandona (llevándose muchas veces las joyas y dejándola sin más que lo puesto). Rueda que te rueda la mujer por tugurios y cafés cantantes, hasta que un día la casualidad hace que averigüe que su hijito (que había quedado al cuidado del marido abandonado) está gravemente enfermo. Y... ya saben ustedes el final: llegada de la madre, restablecimiento fulminante del niñito, gratitud del marido, sorpresa, explicación, lágrimas, perdón... y el condenado besito de marras como remate.
     Y esto se lo traga la gente, no sólo sin chistar sino regodeándose, todos los días del año. Y cuando se le altera el cliché se encabrita y brama de indignación. Y todo este abismo de candor, toda esta ausencia de sentido estético y de sentido crítico, teniendo lugar en el siglo veinte, en el seno de multitudes cuya vida civilizada data de Roma y de Grecia. ¡Ay Dios, ay Dios, qué atrocidad!




VOCABULARIO




  1.San Juan= Ciudad capital del Estado Libre Asociado de Puerto Rico.

  2.Cliché= Idea demasiado repetida.

  3.Marrullero= Que pretende engañar con astucia y halagos.

  4.Arteramente= De modo astuto, sagaz, taimado.

  5.Embauca= Engaña o estafa.

  6.Redondear= Sacar provecho de algo.

  7.Joroba= Que fastidia, que le causa daño.

  8.Hazañas depredatorias= Dícese de los robos, pillajes o saqueos.

  9.Curiosidad¹= Deseo de saber o averiguar algo.

10.Curiosidad²= Rareza, excepción, extrañeza.

11.Asomo= Indicio, señal o manifestación de alguna cosa.

12.Cariacontecidos= Con semblante triste, turbado o atribulado.

13.Periquete= Espacio de tiempo muy breve. Instante, santiamén.

14.Fiorituras= Adornos al ejecutar un instrumento musical.

15.Regodeándose= Regocijándose, deleitándose, divirtiéndose.

16.Encabrita= Que se indigna, enoja o irrita muy fuertemente.

17.Abismo= Dícese de las cosas inexplicables, incomprensibles.

18.Candor= Candidez, ingenuidad, inocencia.